Congoja en el patio vecinal.

Las Tribulaciones de Mariola Po - Capítulo I


Cuando un hombre se echa atrás
retrocede de verdad.
Una mujer sólo retrocede
para coger más carrerilla.

- Zsa Zsa Gabor -



     ¡Ay madrecita mía! Qué calamidad. Mire que ponerse usted mala con lo fuerte que está, vamos, como un roble o mejor como un fresno fiamato que a ése sí que no lo tumba un hacha ni una motosierra con cadena por estrenar. Y hay que ver, con tanta comida macrobiótica-natural que usted aconseja... ¡Maldición, qué traición!

     Y yo, a medio puchero en el fogón va y se me asoma mi vecina María de la Perseverancia en la cocina de enfrente, que la ha llamado su madre Consuelo Llano para que me dé la mala noticia - Pero con mucho tacto, hija, que no se nos ponga nerviosa espasmódica - Qué tacto ni qué leches, si la Perse es más bruta que un camionero con el tubo de escape estancado:

-¡Mariola, que a tu madre le ha dado un soponcio!- Me grita y al momento ya se ha armado un barullo de vecinas ociosas y pendencieras en el patio comunal.

-¡Por Dios! ¿Qué le pasó?

-No lo sé, dice mi vieja que está ingresada y envirada con las patas pa' arriba con un dolor de vientre horroroso...

     ¡Ay madre! Ya se me bebió usted el salfumán por zumo de naranja o se desayunó el Colón Súper Blancura por copos de avena. Ya sabía yo que algo de eso tendría que pasar. No, no se enfade, no es que piense que sea usted miope y mucho menos muerta de hambre, no madrecita, lo digo por lo del jabón Lagarto en la nevera. ¿Recuerda? No, si usted de sensata y espabilada tiene un rato largo pero de despistada tiene otro. Con su permiso me explayo a gusto, que a fin de cuentas no me oye, es más despistada que una cabra buscando pasto en una mesa de billar, ¡ala!


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