El trabajo maldito.

Las Tribulaciones de Mariola Po - Capítulo VI


     Mire por donde madre, que yo, por ejemplo, siempre me pregunto si el mañana me traerá trabajo. ¡Ay! Que esto también se me olvidó contarle, qué cabeza la mía. No, ya no trabajo en el hipermercado, me dieron de baja, no piense usted mal que fue por razones fisiológicas Importantes e Inapelables. Lo digo con mayúsculas.

     Pues resulta que al par de meses de estar atrincherada diez horas al día detrás de una caja registradora, con paros de cinco minutos cada hora para echar un pis y otro de media hora para engullirme un sándwich vegetal con mayonesa y una fanta limón, va y me empieza a salir unas ronchas púrpuras por todo el cuerpo y unos accesos de tos de aquí te espero que te meneo. Mire usted madrecita qué bochorno, parecía yo la cajera maldita, los clientes me esquivaban y mi caja estaba siempre vacía mientras que las otras morían de agobio. Con la cantidad de horas que tenía entrenada yo la sonrisa, la mejor de todas. ¡Oh! Si le digo que me pasaba las noches con una percha encajada en la boca para que se me quedase por costumbre...

     Y claro, como el jefe de personal opinó que no era de buen ver el estornudar a los clientes cuando les devolvía el cambio, me llevó al médico del centro con la esperanza de poner orden a tanto desarreglo funcional.

     El pobre sudó la gota gorda con mi caso, pues como estaba de prueba tenía que demostrar su valía y mira qué mala pata que se topa con el caso de alergia más complicado que haya existido en la historia médica, que es mucho decir. Porque lo mío era evidentemente una alergia.


Femme désolé, poisson enmerdé

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